Amaneció

Amaneció con más recuerdos.
El de la tormenta
y la absurda manera
en que nos acercamos a ella.

Amaneció con más rescoldos
sobre los que ni con besos
ni caricias de las que apagan la luz,
seríamos capaces de hacer lumbre.

Pero amaneció.

De una manera diferente.
A pesar de charcos y truenos rezagados
por no saber hablar a tiempo.
Y nos miramos, como se mira cuando se quiere.
Como se mira cuando se ama,
y no se espera nada más.

Y entonces me miré al espejo.
Y me tuve que mirar dos veces.

Mientras,
con tus manos,
las que enfrían mi café
cada mañana,
esas que helaron mi corazón,
hiciste fuego a base de caricias,
donde en tanto buscaba unas manos
que no llegué a encontrar,
noté el calor de antes de la tormenta.

Y miré de nuevo en el espejo
de los recuerdos que no se desean tener,
los de para luego,
los del parloteo porque sí.

Y tuve que mirar dos veces.

Fue cuando ya no había caricias,
cuando encontré las manos donde pude amanecer.

Transición hacia los diamantes en el mar.
Transmutación de lo absurdo.
La que da permiso al sol.

En un descuido de mi mente
eché la vista varios espejos más atrás,
donde tú y yo nos amábamos,
un día sí y otro también.
Antes de que empezara a chispear.

Antes de que con tus manos tuvieras que hacer lumbre.
Y yo, quitara todos los espejos de casa.



El beso

Mientras nuestras manos 
sujetaban lo que somos,
una mirada enfriaba
un café que hacía tiempo
no decía nada.

Ambos sabíamos
que un beso se acercaba.
Era el único con la osadía
que no tenían nuestras bocas.

Nuestras cabezas estiraban
un momento que hasta
el café ya había asumido.

Pero el tiempo
había dilatado lo que somos.
Y un beso a punto de extinguirse
jugaba a ver quien parpadeaba antes.

Mientras fueran nuestras manos
las que nos sujetaban,
el beso siempre parpadearía
sin más ánimo que el acercar nuestras bocas.

Amor

Una vida no se resume 
en un beso y un te quiero
si no es de ti para mí.

Tú que lo finito
lo hiciste infinito
y a partir de un primer beso
generaste amor.

Infinito elevado al amor
que solo puede ser nombrado
sin blasfemar.

¿Podré yo sentir algo así?

Aún estoy en el peldaño
de lo posible.

Y tú, subes y bajas
sin percatarte.

Cuando tender al infinito
es una mirada.
Una sacudida en el pecho.

Sensaciones

Sensaciones 
agolpadas en la oscuridad
no se distraen.

Cuerpos abochornados
por la quietud.
Eran.

Y puedo volar,
de hecho vuelo.
Sin mirar atrás,
con la decencia
a mi espalda.

Y es cuando
me intento marchar
a una perspectiva nueva,
Tú,
me dices que sin ti
solo será perspectiva.

Y lo dices sin soltar
eso que me mantiene
a flote.

Otra forma de energía.
Una ilusión pasajera,
que siempre te regala flores.

Ahora son mis manos
las que te sostienen en el aire.

Abrimos los ojos
y observamos el vaivén
que nos ha traído aquí.

Pero el vaivén
se agota.
No tiene sentido
que de otro modo
estuviéramos aquí mirándonos.
Mientras, la delicadeza
es la que le dice al tiempo
que para luego.

Que ahora,
nos sentiremos sin abrir
los ojos.
Que el vaivén
solo fue una excusa
para llegar hasta aquí.

El café está hecho.
Olor a mañana
muy de noche.

Y qué.

Flores y pesares

Quizás fue otra bofetada
sin venir a cuento
la que me permitió
repartir pesares.

Me prometí
no llevar flores,
a quien solo
ve cardos.

Y fue después de llover,
qué salió el sol.
O quizás fue tu sonrisa.

Pero en un intervalo
qué duró al menos un parpadeo,
pude distinguir las cuatro estaciones.

¿Pueden acaso en otoño
brotar flores?
Y en invierno no hiela.
Al menos aquí,
donde solo están unas sábanas
qué solo adornan,
y una hoguera que hemos
hecho con recuerdos.

Mientras me prometí
no llevar flores,
tiré los cardos a la hoguera.

Transmutación

Donde en un beso tras otro
redunda en la sensación
de no poder dejar de quererte,
me pude levantar
del charco de la mentira
donde la memoria te machaca
en un fango que no es tuyo.

Transmutación de lo imposible
en amor,
cuando a un beso tras otro
le acompaña una caricia que no esperas.

Y es cuando me acomodo
en una silla de lo que deseas
con el corazón,
y las balas me rozan porque así lo quiero.

Ya no me las trago.
Ya no ingiero balas que no son para mí.

Transmutación a lo que uno quiere
cuando amarte no es elegir
una de las dos pastillas.

Con una mano recojo las bajas
que antes eran digeridas
con algo de azúcar,
y con la otra cargo el revolver
con el que nunca pienso disparar.

Pero cuando
unas argollas húmedas
aún estaban calientes,
y en el eco aún rebotaban balas,
cuando el barro aún tenía el arrojo
de decir te quiero,
apareció el jaleo de tu mirada.

Mientras,
con una mano me acariciabas la cara,
con la otra,
escondías balas que sí eran para mí.

Ondas

Ondas de presión 
que mueven el aire
al antojo de dos corazones
que pretenden ser uno.
Porque no puede ser de otra forma.

Y me preguntas qué es un te quiero.

Cómo no va a reverberar
en tu interior,
con un corazón tan grande.
Inmenso diría yo.
Inmenso dicen todos.

Y que al conocer tu corazón
no pueda usar la palabra inmenso
para describir el placer
de escribir este poema.
Para describir el placer
de mostrar a todos mis letras.

Causa y efecto.

Ondas de luz
que llegan a ti
procedentes de uno de los fragmentos
que tengo desperdigados.
Y que ni yo mismo tengo controlados,
pero que cuando nos reunimos,
formamos un poema.